Pila Gonzalez Blog

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El día después del fin del mundo

Mario se quedó esperando el fin del mundo que nunca llegó.

Durante muchos años creyó que esa había sido la peor desgracia de su vida. Después entendió que no. La peor desgracia había sido esperarlo.

Era el 17 de octubre de 1998 y Mario estaba sentado en una reposera de aluminio en el patio de una casa prestada, a tres kilómetros de Alberti, mirando un cielo que no tenía nada de particular. Había algunas nubes muy blancas, muy altas, y un viento suave que movía las ramas del paraíso junto al galpón. En algún lugar ladraba un perro. Pasaban las cuatro de la tarde.

Según Elías, a las cinco y diecisiete el cielo debería abrirse. No era una metáfora. Elías había repetido durante meses que el cielo se abriría literalmente, como una tela rasgada desde adentro, y que detrás aparecería una luz que ningún hombre había visto desde el principio de los tiempos.

Mario había preguntado una vez cómo sabía que sería a las cinco y diecisiete. Elías respondió que Dios no trabajaba con números redondos. A Mario la explicación le pareció razonable. Hay respuestas que convencen no porque expliquen algo sino porque llegan cuando uno necesita dejar de preguntar.

A las cinco y diez estaban todos afuera. Eran veintitrés. Había familias enteras, dos matrimonios viejos, una chica de Junín que había dejado la facultad de filosofía, un camionero, una enfermera, tres chicos y una mujer llamada Teresa que lloraba desde el mediodía sin que nadie supiera bien si lloraba de miedo o felicidad. Elías estaba de pie junto al tanque australiano. Llevaba una camisa blanca. Miraba al cielo.

A las cinco y diecisiete no pasó nada. Mario miró su reloj. Esperó unos segundos. Pensó que tal vez el reloj atrasaba.

A las cinco y dieciocho una nube tapó el sol. Algunos levantaron la cabeza. La nube siguió.

A las cinco y veinte Elías dijo que mantuvieran la fe.

A las cinco y media nadie hablaba.

A las seis, uno de los chicos preguntó si podía comer. Ese fue, pensaría Mario muchos años después, el verdadero comienzo del fin. No el cielo. El hambre.


Antes de conocer a Elías, Mario tenía una ferretería. No una gran ferretería. Una ferretería. El local estaba en una esquina de calles sin nombre memorables, frente a una gomería y al lado de una casa donde vivía una señora que barría la vereda tres veces por día. Mario vendía tornillos, alambre, cinta aisladora, candados, mechas, enchufes, arandelas. Había heredado el negocio de su padre. También había heredado la casa de su padre, la camioneta de su padre y, sospechaba, una manera de caminar que había sido de su padre. A los cuarenta y seis años Mario podía mirar casi cualquier objeto que poseía y encontrar detrás la sombra de alguien muerto.

Su madre había muerto primero. Después su padre. Despupes Alicia. Con Alicia estuvo casado diecisiete años. Ella murió de un aneurisma una mañana de marzo mientras preparaba café. Mario estaba en el baño. Escuchó caer la taza. Cuando salió, Alicia estaba en el piso. Durante mucho tiempo creyó que la última palabra que le había dicho había sido “azucar”. No estaba seguro. Esa duda lo atormentaba más que otras cosas que parecían, vistas desde afuera, bastante más importantes.

Después de Alicia, la ferretería empezó a parecerle absurda. Un hombre entraba y pedía cuatro tarugos del seis. Mario se los daba. Otro quería una llave francesa. Mario se la vendía. La gente necesitaba cosas pequeñas para sostener cosas pequeñas. Una repisa. Una canilla. Una puerta. Un cable. Todo el pueblo parecía ocupado en impedir que el mundo se desarmara. Mario empezó a sospechar que ese esfuerzo era inutil.

Entonces apareció Elías.


Se llamaba Ricardo Betancur. Eso Mario lo supo después. En aquel tiempo todos lo llamaban Elías. Había llegado desde Pergamino, aunque decía haber vivido en Brasil, Paraguay, Israel y un monasterio que nadie consiguió ubicar nunca. Hablaba despacio. Tenía una cualidad que Mario no había encontrado en ninguna otra persona: cuando uno hablaba con él, Elías parecía no estar esperando su turno para responder. Escuchaba. Eso bastó.

Mario fue primero a una reunión. Después a otra. Después cerró la ferretería los miércoles porque las reuniones eran los miércoles. Elías hablaba del agotamiento del mundo. Decía que las cosas habían empezado a repetirse. Las guerras repetían guerras anteriores. Los hijos repetían a sus padres. Las ciudades repetían otras ciudades.Los hombres despertaban, trabajaban, comían, envejecían y morían sin comprender que estaban atrapados en una maquinaria construida para hacerles creer que vivir consistía en durar.

Mario escuchaba.

Cada frase parecía explicar algo que él había sentido siempre sin saber decirlo. Ese es uno de los poderes de los profetas. No anuncian el futuro. Organizan el pasado. De pronto, la muerte de Alicia tenía un sentido. La ferretería tenía un sentido. La soledad tenía un sentido. Incluso aquella última palabra, azucar, adquirió una dignidad secreta. Todo había sucedido para conducirlo hasta allí.


En febrero Elías anunció la fecha. 17 de octubre. 17:17.

Dijo que solo quienes hubieran renunciado a sus ataduras podrían atravesar la abertura. Las propiedades eran ataduras. Las cuentas bancarias eran ataduras. Los automóviles eran ataduras. Los objetos eran ataduras.

Mario volvió a su casa esa noche y caminó de habitación en habitación. Miró el televisor. La mesa. Los platos. El ropero. Pensó que todo le pertenecía. Después pensó algo mucho más inquietante. Que él pertenecía a todo eso.

Vendió la ferretería en abril. Barata. El comprador, un hombre llamado Soria, le preguntó por qué tenía tanta urgencia. Mario le dijo que se iba al norte. Era más fácil decir el norte que el fin del mundo.

Vendió la casa en junio. La camioneta en julio. Conservó algunas mudas de ropa, una foto de Alicia y el reloj de su padre. El resto del dinero fue a la Comunidad. No lo obligaron. Eso repetiría Mario después, durante años. Nadie me obligó. Como si esa frase pudiera absolverlo. Nadie me obligó. Firmo cada papel. Entrego cada billete. Sonrió mientras lo hacía. Incluso sintió alivio. Pocas cosas producen una sensación de libertad comparable a destruir voluntariamente todas las posibilidades de regreso.


A las ocho de la noche del 17 de octubre Elías reunió a todos dentro de la casa. Explicó que había un error. No suyo. De interpretación. El calendario humano no coincidía con el calendario verdadero. Dijo que debían esperar. Teresa preguntó cuanto. Elías respondió. “Lo necesario”.

Durante tres días siguieron esperando. El cuarto día el camionero se fue. El quinto se fue la enfermera. A la semana quedaban catorce. A las dos semanas, nueve. Mario se quedó. No porque todavía creyera. Eso sería más sencillo. Se quedó porque empezaba a no creer. Y si se iba, tendría que admitirlo.

Hay inversiones que se vuelven más valiosas cuando más evidente es su fracaso. Uno no protege lo que tiene. Protege lo que perdió.

En diciembre, Elías desapareció. Se llevó una camioneta, dos bolsos y, según dijeron después, casi todo lo que quedaba en una cuenta de la Comunidad. La policía encontró documentos falsos. Hubo denuncias. Notas en diarios locales. Durante unas semanas Mario fue conocido como “uno de los de la secta”. La gente lo miraba. Algunos con lastima. Otros con una satisfacción que se parecía demasiado a la alegría. Soria le ofreció trabajo. Mario dijo que no. No podía soportar la idea de entrar como empleado al negocio que había sido suyo. Así que empezó a hacer changas. Pinto paredes. Arregló persianas. Cortó pasto. Durante un tiempo vivió en una pieza detrás de un taller mecánico. Después alquiló una casa pequeña. Nunca recuperó el dinero. Tampoco intentó recuperarlo demasiado. A veces pensaba que reclamarlo habría significado admitir que realmente había sido suyo.


Pasaron los años. El pueblo cambió de intendente varias veces. La gomeria cerro. La señora que barría la vereda murió. Soria amplió la ferretería y puso un cartel luminoso. Mario envejecio.

A los sesenta y ocho años seguía despertando algunas noches a las cinco y diecisiete. Miraba el techo. Esperaba. No sabía que. Había dejado de creer en Elías mucho tiempo atrás.

Después había dejado de creer en Dios. Después había dejado de creer que hubiera diferencia.

Una madrugada comprendió algo que lo acompañaría hasta el final. Elías se había equivocado en casi todo. Pero no en todo. El mundo de Mario efectivamente había terminado aquel 17 de octubre de 1998. Solo que no hubo trompetas. No hubo fuego. No hubo ángeles. No se abrió el cielo. El mundo terminó a las cinco y diecisiete y, de una manera especialmente cruel, continuó.

Al día siguiente salió el sol. Los negocios abrieron. Los colectivos pasaron. La gente compró pan. Alguien tuvo un hijo. Alguien murió. Alguien necesitó cuatro tarugos del seis. Mario tardó veinte años en entender que aquella continuidad era el verdadero desastre que Elías no había sabido profetizar.

Porque cualquiera puede prepararse para el fin del mundo. Lo difícil es prepararse para el día siguiente.