Pila Gonzalez Blog

Reflexiones (11)

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La leyenda del mejor mochilero del mundo

Hace años que vengo escuchando hasta el cansancio que la ficción aburre. Que ahora lo importante es lo que pasa realmente en el mundo. Y yo me pregunto si no son acaso las mejores historias aquellas en las que la realidad se toma ciertas atribuciones de la ficción. Esa clase de realidad que uno lee y piensa: esto no puede haber pasado. Y pasó. Porque escribir sobre una persona famosa debe ser relativamente fácil. Qué sé yo. Me parece. Hay entrevistas, perfiles, biografías, divorcios, frases célebres, Wikipedia, documentales de Netflix. Uno tiene un montón de lugares de donde agarrarse. Y además están todos escribiendo sobre ellas. Pero escribir sobre un escritor de viajes... Ahí te quiero ver, González. Aunque, pensándolo bien, quizás no sea tan difícil. Hay gente que lleva media vida dejando miguitas de pan digitales por todo el planeta. Un post desde Afganistán. Una foto desde Somalilandia. Una reflexión escrita en algún café de Asia Central. Una crónica desde una ruta secundaria que probablemente Google Maps considere un error. Un libro. Otro libro. Un mapa. Una libreta. Una mochila. Y si uno junta todas esas miguitas, de pronto aparece una vida. Dentro de ese universo enorme de viajeros, mochileros, nómadas, aventureros, influencers y demás especímenes que alguna vez decidieron que una oficina era un lugar demasiado pequeño para pasar cuarenta años, hay uno que me vuelve particularmente loco. Al nivel cholulismo. Una persona que, si algún día me la cruzo, probablemente haga algo que después me dará vergüenza: pedirle una selfie. Y quizás un autógrafo. En la mochila. Se llama Juan Pablo Villarino, aunque desde hace tanto tiempo se hace llamar el Acróbata del Camino que a esta altura resulta difícil saber cuál de los dos nombres figura realmente en su pasaporte espiritual. Juan es alto. Muy alto. Casi dos metros. Delgado, anteojos, barba. Tiene esa apariencia improbable de profesor universitario que perdió el colectivo y decidió seguir caminando hasta Afganistán. Un saltimbanqui de las rutas que aprendió a convertir una sonrisa en tarjeta de presentación y un pulgar levantado en documento de viaje. Un dandy del asfalto que atravesó más de cien países y territorios, recorrió cientos de miles de kilómetros y convirtió la banquina, ese lugar que para casi todos nosotros significa desperfecto mecánico, en una especie de oficina. Pero reducir a Villarino a la cantidad de países que visitó sería cometer exactamente el error contra el que construyó su vida. Porque Juan no colecciona países. Colecciona encuentros. • • • Nació en Mar del Plata en 1978 y estudió Psicología en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Leía a Hermann Hesse, Cortázar, Kerouac. Miraba mapas. En 2001 hizo durante tres meses autostop por Europa y regresó a una Argentina que estaba a punto de desarmarse. Mientras millones intentaban aferrarse a algo, él empezó a preguntarse si valía la pena aferrarse. En 2002 organizó encuentros de mochileros y poco después fundó Autostop Argentina. En esos años escribió un texto al que llamó Manifiesto Mochilero. Allí dejó una de esas frases que sirven para entender todo lo que vendría después: una jornada laboral de doce horas podía ser, para él, más peligrosa que hacer dedo. En 2003 tomó una decisión bastante poco aconsejable para cualquier argentino que hubiese sobrevivido al estallido económico reciente: se fue. Llegó a Irlanda con diez euros. Trabajó durante un año y medio en fábricas de queso, hoteles, depósitos, bares, restaurantes. Lo que hubiera. Ahorraba. Planeaba. Leía. Hasta que el 1 de mayo de 2005 se subió a un velero en Belfast, Irlanda del Norte. El destino inmediato era Escocia. El destino real, vaya uno a saber. El viaje terminaría veintisiete meses después, en Tailandia. Hay gente que se toma un año sabático. Villarino se tomó una vida. • • • El mundo de 2005 era bastante distinto. Facebook todavía era una cosa de universitarios norteamericanos. Twitter no existía. Instagram no existía. No existía el influencer. No existía eso de mirar un atardecer preguntándose antes dónde poner el teléfono. Cuando Juan abrió Acróbata del Camino lo hizo desde una computadora prestada en la oficina de un conductor rumano. Antes mandaba correos colectivos a amigos. Después empezó a publicar una crónica por semana. Él mismo recuerda aquellos primeros tiempos de los blogs como una especie de grito en el vacío: escribía sin saber exactamente quién estaba del otro lado. Y mientras Internet aprendía a existir, Villarino avanzaba hacia Oriente Medio. No porque hubiera elegido la ruta más corta. Justamente porque había elegido la más complicada. Los atentados del 11 de septiembre todavía estaban frescos. George W. Bush había instalado la expresión «eje del mal». Afganistán era guerra. Irak era guerra. Irán era amenaza. Siria era sospecha. La televisión producía un mapa sencillo: de este lado los buenos; del otro, lugares donde una persona sensata no debería ir. Juan decidió ir precisamente allí. Turquía, Siria, Irak, Irán, Afganistán. No llevaba chaleco antibalas. Llevaba una mochila y una hipótesis: el ser humano es mucho mejor de lo que muestran las noticias. La idea parece ingenua hasta que alguien decide poner el cuerpo para comprobarla. • • • Hay una imagen que se repite en los textos de Villarino. Cada vez que llegaba a una frontera alguien le advertía que el verdadero peligro empezaba después. Los húngaros le advertían sobre los rumanos. Los rumanos sobre los búlgaros. Los habitantes de un país le explicaban que los habitantes del siguiente eran ladrones, asesinos, salvajes, fanáticos o alguna combinación eficaz de las cuatro cosas. Juan cruzaba. Levantaba el pulgar. Y alguien frenaba. A veces ese alguien lo llevaba diez kilómetros. A veces le daba de comer. A veces lo invitaba a dormir. A veces lo metía en un Parlamento. Porque con Villarino las cosas tienden a descontrolarse un poco. En 2006 entró al Kurdistán iraquí. Irak llevaba pocos años de invasión estadounidense. Bagdad aparecía en televisión acompañada casi siempre por una columna de humo. Los propios habitantes de la región le aconsejaban evitar determinadas zonas. Juan siguió haciendo dedo. Y entonces ocurrió una de esas escenas que, si uno las escribiera en una novela, algún editor podría devolver con una anotación al margen: demasiado inverosímil. Un automóvil se detuvo. El hombre que iba dentro resultó ser primo del presidente del Kurdistán. Lo invitó a su casa. Y una sucesión de acontecimientos que todavía hoy parecen más propios de un cuento de García Márquez, terminó llevando a aquel argentino alto y barbudo, que había entrado en Irak prácticamente como un vagabundo, hasta el Parlamento kurdo. Allí conoció al vicepresidente. Hubo cámaras, televisión pública, un mensaje de paz, lecciones de autostop. Al día siguiente, según contaría años después, algunas personas lo reconocían por la calle y le pedían autógrafos. Hay gente que necesita veinte años de militancia para entrar en un parlamento. Juan Villarino necesitó un pulgar. • • • Esa no fue la única anomalía. Tomó té en un campo minado. Funcionó como cartero improvisado en Afganistán. Se abasteció de comida en una base estadounidense. Durmió con miembros de la resistencia intelectual iraní. En Siria compartió campamentos con beduinos. Atravesó el Tíbet. Durmió en monasterios, establos, castillos, casas particulares, jardines y lugares que difícilmente aparezcan bajo el filtro «alojamientos» de Booking. De aquel primer gran viaje nació Vagabundeando en el Eje del Mal. Pero decir que el libro trata sobre Irak, Irán y Afganistán sería impreciso. Trata sobre otra cosa: sobre personas. Sobre esa parte de un país que nunca entra en un informativo porque un señor que ofrece té a un desconocido no genera breaking news. Esa ha sido desde entonces la obsesión de Villarino: ponerles nombres, caras, platos de comida, hijos, trabajos y voces a esas manchas de colores que nosotros llamamos países. Porque uno dice Afganistán y piensa talibanes. Dice Irak y piensa guerra. Dice Irán y piensa ayatolás. Juan dice Afganistán y recuerda a una persona. Dice Irak y recuerda quién frenó el auto. Dice Irán y probablemente recuerde la hora del té. Ese pequeño desplazamiento, del país abstracto hacia una persona concreta, es quizás la parte más política de toda su obra. • • • Hasta aquí podríamos cometer un error. Podríamos imaginar que Villarino es una especie de hippie cósmico que sale de casa sin saber dónde está el norte, deja todo librado a las energías del universo y espera que alguna fuerza superior le mande una camioneta. No. Juan es un obsesivo. Un profesional. Un nerd de la banquina. Lleva registros de los viajes. Estudia tiempos de espera. Lee historia antes de llegar a un país. Busca regiones con identidades propias. Prefiere carreteras secundarias. Diseña recorridos en función de lo que quiere investigar. Colecciona mapas antiguos y sellos postales. De niño, la filatelia fue una de sus primeras formas de aprender geografía. Y tiene una teoría del autostop. No basta con levantar el dedo. Hay que elegir dónde ponerse. Hay que mirar al conductor. No conviene ocultar los ojos. Hay que vestirse de manera neutra. La mochila debe verse. Y hay que sonreír. Sobre todo sonreír. Porque el automovilista que se aproxima tiene apenas unos segundos para resolver una pregunta bastante extraordinaria: ¿meto a este desconocido dentro de mi auto? Villarino sostiene que el auto se detiene más por la sonrisa que por el pulgar. Después de miles y miles de kilómetros, transformó la confianza en técnica. Eso es lo fascinante: el tipo que convirtió su vida en una defensa del azar estudió minuciosamente cómo fabricar las condiciones para que el azar ocurra. Incluso hizo estadísticas. En una entrevista de 2018 explicaba que, según sus registros de entonces, en Irak esperaba en promedio siete minutos para conseguir un vehículo. Jordania: nueve. Ecuador: diez. Rumania: doce. Tíbet: tres horas y dieciséis minutos. Los países escandinavos tampoco quedaban muy bien parados. Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca. Muchos Volvos. Pocos frenando. Para Villarino, eso decía algo sobre las sociedades. No necesariamente sobre si eran buenas o malas, ricas o pobres, sino sobre cuánto espacio dejaban para que dos desconocidos dependieran uno del otro. Su laboratorio nunca tuvo paredes. Tenía banquinas. • • • En 2010 apareció Laura Lazzarino, que fue su compañera de viaje durante varios años. Juntos recorrieron Sudamérica durante dieciocho meses, treinta y seis mil kilómetros desde la Antártida hasta las Guayanas, siguiendo rutas secundarias y buscando minorías, comunidades y lugares que los mapas turísticos apenas registraban. De aquella etapa compartida salió Caminos Invisibles. Después recorrieron África. Quince meses desde Egipto hasta Sudáfrica: Sudán, Etiopía, Somalilandia, Yibuti, Uganda. Un continente que también obligó a Villarino a revisar varias de sus propias ideas sobre hospitalidad, pobreza y viaje. De esa travesía salió África I: El tiempo de los ritos. Después vendría Un Tango en Tíbet. Pero antes sucedió algo todavía más insólito. En 2018, The New York Times Magazine decidió averiguar qué carajo era ese argentino. No exactamente con esas palabras, supongo. Mandó al periodista Wes Enzinna y al fotógrafo Brent Stirton a seguirlo durante una semana por África. No a entrevistarlo sentado en un café. A seguirlo. Haciendo dedo, durmiendo donde tocara, esperando autos. Observando cómo se paraba, cómo miraba, cómo sonreía, dónde ubicaba la mochila, cómo conseguía que una persona que no lo había visto jamás decidiera abrirle una puerta. El artículo ocupó ocho páginas de la revista y llevó un título que, para un tipo que había construido su vida al costado de una ruta, debía sonar casi delirante: King of the Ride: On the Road with the World’s Greatest Hitchhiker. El rey de la ruta: En carretera con el mejor autoestopista del mundo. Tomá pa' vo. Para ese momento, aquel estudiante de Psicología que había aterrizado en Irlanda con diez euros ya había recorrido alrededor de noventa países. El periodista lo describió como una combinación improbable de Don Quijote y Che Guevara. Y entonces ocurrió algo curioso: el tipo que había salido a la ruta para discutir la mirada de los grandes medios terminó convertido en protagonista de uno de los medios más importantes del mundo. Había entrado al monstruo por la puerta de servicio. Haciendo dedo. • • • También llegó la televisión argentina. CQC. TN. C5N. TV Pública. CNN. Radios. Podcasts. Entrevistas. En 2013, Gael García Bernal recomendó Vagabundeando en el Eje del Mal. Villarino cuenta que alguien le avisó con una frase bastante argentina: «Boludo, Gael García Bernal está recomendando tu libro en Twitter». Podría haberse convertido en una caricatura de sí mismo. El Mochilero Profesional. El Hombre Libre. El Tipo Que Abandonó Todo. La clase de personaje al que inevitablemente algún conductor de televisión le pregunta: «¿Y nunca pensaste en sentar cabeza?». Pero Villarino parece haber envejecido de una manera bastante más interesante. Porque resulta que el Acróbata del Camino tiene casa. Después de décadas de movimiento, construyó un refugio en un bosque costero argentino. Tiene biblioteca. Una biblioteca con escalera. Colecciona mapas viejos. Busca libros raros en subastas y librerías de segunda mano. Aprendió a cortar leña, a reconocer árboles, hongos, pájaros. Viaja una parte del año y pasa la otra investigando y escribiendo. El hombre que alguna vez soñó con escapar del sistema terminó reconociendo algo todavía más interesante: no había salido del sistema. Había construido el suyo. Ahora también organiza expediciones para llevar grupos pequeños a esos lugares que durante años recorrió solo: Pakistán, Groenlandia, Tíbet, Turkmenistán, Siria, Malvinas. Y esa imagen me gusta. Me gusta incluso más que la del muchacho de veintisiete años que salió de Belfast con una mochila, porque desmonta otra fantasía. La libertad no era estar eternamente en movimiento. La libertad era poder elegir cuándo moverse y cuándo quedarse. • • • Han pasado más de veinte años desde aquella mañana de mayo de 2005. Internet cambió. Los blogs dejaron de ser diarios íntimos y se convirtieron en negocios. Aparecieron Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, los influencers, los reels, los drones, los códigos de descuento, las listas de diez lugares que tenés que conocer antes de morir. Y en algún lugar de ese ruido todavía anda Villarino. A veces en una carretera de Asia Central. A veces mirando un mapa prusiano de hace cien años. A veces escribiendo en su casa del bosque. A veces esperando que alguien frene. Quizás por eso sigo leyéndolo. No porque haya conocido más de cien países. Ni porque haya recorrido cientos de miles de kilómetros. Ni porque haya estado en Irak, Afganistán, Somalilandia o Tíbet. Ni siquiera porque The New York Times haya decidido llamarlo el mejor autoestopista del mundo. Lo sigo leyendo porque después de todo ese camino continúa defendiendo una idea casi obscenamente simple: que del otro lado hay alguien. Y que quizás valga la pena conocerlo. Juan Pablo Villarino. Acróbata. Escritor. Argentino. Viajero. Autoestopista de grandes ligas. Campeón mundial de una competencia que probablemente no existe. Héroe sin capa, con una mochila que durante años le abrazó la espalda y con el mismo gesto elemental de hace veinte años: pararse al costado del mundo, mirar a un desconocido, sonreír y levantar el pulgar.

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Sos raro, Hong Kong

Pucha Hong Kong que sos raro. Con todos tus contrastes. Tus megas construcciones, tus rascacielos sobresalientes. Tus parques pulmones. Tu locura organizada. Tu consumismo frenético. Tu tradición imperante. Tu religión indefinida. Si me preguntaran no sabría cómo definirte, si como un adolescente descarriado, hijo de padres separados, que quiere continuamente llamar la atención, o como un viejo rico que en el pasado le metió los cuernos a su mujer y ahora quiere volver otra vez con ella, pero ésta no lo deja regresar del todo porque todavía está dolida. Y sin embargo te da una nueva oportunidad. Pero sólo porque te convertiste en rico mientras estabas con la otra. Sos raro Hong Kong. Ni para bien ni para mal. Simplemente raro. Mucha humedad hay en tus calles, más de la que un ser humano es capaz de soportar. Al igual que en tus entrañas habitan personas de todas partes del mundo. Sos hospitalario y estás preparado para ello. También sabemos bien de tu egolatría. Con lo poco que te conozco ya me di cuenta de que querés destacarte del resto. No te querés parecer a tu hermanastro rebelde Taiwán, ni a tu primo lejano Singapur. Querés ser mejor que ellos. Te comparás continuamente con Shanghai y Beijing, porque querés volver a ser parte de ese gigante al que un día perteneciste, y a la vez querés ser tú mismo ese gigante. Aunque parezca que lo tenés todo controlado, hay detalles importantes que se te escapan de las manos. Por ejemplo, no te sabes definir todavía, si sos derecho o zurdo, si vas por la vereda del capitalismo que tanto te gusta o por el lado del comunismo que tanto te tienta. Te gusta el dinero pero a la vez no querés perder la tradición y en ese afán de renovación constante te encanta jugar con los sistemas. Pucha que sos raro Hong Kong. Pero sos lindo. Interesante a los ojos. Cautivante de una manera extraña. Será por estos tantos contrastes de lo que hablamos o será que tenés una mística particular. No lo sé. Pero me agarraste. Pensé que no me ibas a gustar, que sólo eras un país de paso, pero me equivoqué. Y vaya si me equivoqué. Sos más que eso. Caro, eso sí, muy caro para un presupuesto de mochilero. Pero apreciable. Y aunque muchas veces los viajeros como nosotros no solemos darte la oportunidad que merecés, estás haciendo todo lo posible para ello.{" "} Porque, decime una cosa, ¿no te cansaste de tantos empresarios y hombres de negocio? ¿De sus Ferraris aparcadas en la puerta de los hoteles de lujo? ¿De los Mercedes y BMW deambulando perdidos por tus calles? ¿De tantos trajes y oficinas? ¿No somos más divertidos nosotros, los viajeros con una mochila en la espalda y muchas ganas de descubrirte de verdad? ¿De caminarte con esperanzas? ¿De sentirte? ¿De apreciarte y de disfrutarte? ¿De retratarte tal cual sos en tu esencia? Somos nosotros los que estamos dispuestos a sacrificarnos por estar contigo, comiendo sólo noodles y hamburguesas de McDonald’s. No estamos obligados a ello y sin embargo lo hacemos y te aceptamos como sos, o como te gustaría ser. …No sé. Pensálo.

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Albania, el país más peligroso de Europa

Hablando por mensajes con un amigo me pregunta si Albania es peligrosa. Yo me pongo a pensar. Analizo mis casi cinco meses viviendo y viajando en ese país. Busco la mejor respuesta que le puedo dar. Y consigo decirle que Albania es uno de los países más peligrosos de Europa. Pero le aclaro que es peligrosa, no porque te vayan a robar en la calle, o te vayan a secuestrar, o te vayan a querer estafar, o te vayan a poner droga en la Coca Cola. No. Nada de eso pasa en Albania. O por lo menos no lo escuché ni lo vi mientras estuve allí. Le digo que es muy peligrosa por un simple motivo:Albania se robó mi corazón.Traté de hacer la denuncia queriendo que me lo devuelvan. Que lo busquen por alguna callejuela perdida. Pero no hubo caso. Una gran parte de mí se quedó en Albania para siempre. Y eso me pone muy contento. Me llena de felicidad y de orgullo. Porque es uno de los países más lindo y amistoso que visité. Porque conozco su historia. Su sufrimiento. Sus ganas de progresar. Sus esfuerzos. Sus caricias.Así que ya saben. No vayan a Albania si no se quieren enamorar de este poco conocido país. Quédense en Francia o en Alemania que tienen una economía más solida y ninguna persona les va a sonreír porque sí en las calles. Quédense con lo que leen en las noticias. Con lo que les dice la prensa. Aléjense.Albania es sólo para atrevidos. Para personas que se dejan estremecer. Personas que piensan menos y sienten más. Personas que lo único que les importa es disfrutar el momento. Pasar un buen rato. Deleitarse a cada segundo. Sentirse querido por los locales. Para personas positivas. Para personas que buscan la felicidad.Quédense en Finlandia, en Inglaterra, en Noruega. Son más seguros. Albania les puede dejar una marca en su alma difícil de borrar.No se arriesguen. Vayan a Rusia. A Suecia. A Holanda. Pero no pasen por Albania.Es muy peligrosa.

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El rock nacional ha muerto, y nadie lo nota

Hubo un tiempo que fue hermoso y que fuimos libres de verdad. Un tiempo en que las guitarras eran más poderosas que las armas. En que un acorde menor podía cambiar el mundo, o al menos el estado de ánimo de un adolescente inquieto. En que los dioses no permitían que el futuro sea indiferente. En que los pibes se juntaban en una plaza, con un vino Toro y una fe ciega en que el rock nacional —ese milagro sucio, lírico y tan argentino como el mate tibio del amanecer— iba a durar para siempre. Pero no duró. El rock nacional murió. No con un estruendo, sino con un bostezo. Todo concluye al fin. Todo tiene un final. Todo termina. No lo mataron los militares, ni las drogas, ni el mercado: lo mató, justamente, la indiferencia. Lo mató una generación que ya no necesita guitarras para gritar. Que grita desde un celular. Que baila, no se rebela. Que escucha lo que el algoritmo decide que escuche. Hubo una vez un recital de Los Redondos en Racing, con el Indio Solari recitando Ji ji ji como si fuera uno de los 10 mandamientos. El aire olía a pólvora, cerveza y transpiración. Las bengalas pintaban de rojo las caras de miles de fieles que no necesitaban entender las letras: las sentían. Era una fiesta que desafiaba la ley, una patria paralela. Una misa. Un futuro que había llegado hace rato, y no se sabía muy bien qué hacer con él. Hubo otra un estadio de River repleto, vibrando como si el suelo fuera a romperse. Era 1997, y Soda Stereo se despedía para siempre —o casi, porque diez años después volverían para decir adiós una vez más. Cerati, con una campera marrón y su guitarra negra colgada como una extensión del cuerpo, levantó los brazos y dijo: “Gracias… totales”. Fue el instante en que el eco se volvió silencio, y el silencio, canción animal. Nadie lo sabía, pero ese fue, quizás, uno de los últimos brindis del rock argentino. Lo demás fue eco, repetición, tributo. Hubo también un Charly García épico, en cuero, arrodillado arriba del teclado, con un bandera argentina toda mojada en el cuello, cantando Seminare bajo la lluvia, en el Quilmes Rock. Miles lo acompañaban, tiritando, felices, como si mojarse fuera una prueba de fe. El agua caía a baldazos, los cables chispeaban, y Charly, empapado, seguía gritando con esa voz de vidrio molido. No había sol. Estaba muy lejos. Pero quemaba de amor. Y hubo otra vez, en el ojo del Huracán, una noche que parecía escrita para quedar en la memoria. La Renga tocaba con el escenario en el centro de la cancha, rodeado por un círculo humano que latía al mismo ritmo. “Estamos en el ojo del huracán”, dijo Chizzo, y por una noche lo estuvieron todos. Fue rock en su forma más cruda: impredecible, vital, libre. El rock nacional fue una forma de creer. Creíamos en Spinetta, que hablaba en lenguas que nadie entendía pero todos sentían. En Charly, que tocaba el piano como un animal y que todavía sigue siendo más lúcido que todo TikTok junto. En Fito, cuando no pertenecía a ningún "ismo". En Calamaro, cuando todavía escribía canciones que dolían y no tuits que distraen. En Divididos y en Las Pelotas, que siguieron tocando como si Luca no se hubiera ido nunca. En Los Piojos y la Bersuit, que hicieron que el barrio, lo popular y la poesía se dieran la mano. Poder decir adiós, era creer. Pero nadie quizo seguir creyendo. Eran tiempos en que el rock sonaba a calle, a sudor, a protesta, a esperanza. Una religión sin templo, con arpegios como crucifijos y letras que eran salmos de una generación que no sabía muy bien de qué quería salvarse, pero quería salvarse. No se trataba sólo de música: era una forma de pararse frente al espejo del mundo. Después llegó la grieta. Esa maldita grieta. El país se rompió en dos mitades, y la música —que alguna vez había unido a todos en el mismo pogo— se convirtió en territorio minado. Las letras dejaron de hablar de lo común y empezaron a elegir bando. Los escenarios se politizaron, los festivales se fragmentaron, muchos artistas se convirtieron en sus propios enemigos. El rock, que había nacido como un grito colectivo, se volvió un murmullo individualista. Se sintió solo y confundido a la vez y los analista nunca pudieron entender. Ahí se clavó el último clavo en el ataúd. Ahora, los chicos de veinte no saben quién fue Luis Alberto. Ni les importa. Y no hay culpa en eso: toda generación tiene derecho a su ruido. Pero duele igual. Duele ver cómo el rock, que alguna vez fue el idioma de toda una sociedad, se volvió una lengua muerta. Duele saber que ya no hay amor después del amor, que la grasa de las capitales ya no incomoda a nadie, que las camperas de cuero son un disfraz. Los nuevos himnos se hacen con auto-tune y base de trap. No hay juicio moral posible: sólo la melancolía del que mira desde lejos cómo se apaga el fuego. Los nuevos ídolos no pisan cables, no transpiran, no se mojan. Tocan en plataformas de streaming desde el sillón del living de sus casas. No se les rompe la voz. Tienen managers, likes y filtros. Nadie desafina. Nadie se juega la vida en una nota. Nadie salta vacío sin red. Me gustaría creer que cada tanto un pibe enchufa una viola, rasga un acorde y siente algo parecido a la eternidad. Que a veces, una banda nueva toca un tema viejo y el aire se parte en dos, como si Luca o Gustavo o Miguel o Fede o Pappo estuvieran ahí, en algún rincón invisible, sonriendo ante el intento. Quizás ahí, en ese ruido que desarma y sangra, todavía respire un poco de aquello que fuimos. Quizás el rock no murió del todo. Quizás no todo esté perdido. Quizás falta que vuelvan a ofrecer sus corazones, que vuelvan las luces del próximo bar en la ciudad de la furia. Quizás el rock nacional sólo se quedó dormido, esperando que alguien lo despierte cuando pase el temblor.

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¿Por qué escribo?

—¿Por qué escribís?—me pregunta la hoja en blanco de mi cuaderno. No supe que contestarle. Nunca me habían hecho esta pregunta y tampoco nunca me había puesto a pensar en una respuesta. Así que me la quedé mirando. Viendo los renglones que poco a poco iban incorporando palabras. Palabras salidas de una lapicera negra que me habían regalado cuando me recibí de Licenciado en Administración en 2009. En ese entonces no escribía. Ni siquiera se me pasaba por la cabeza la idea de ser algún día escritor. Mucho menos me imaginaba que, cinco años después de obtener ese título, iba a estar publicando mi primer libro de cuentos. —¡Pará un poco! —me interrumpió la hoja de mi cuaderno—. Te estás yendo del punto por el que empezaste a escribir este texto. Te hice una simple y sencilla pregunta: ¿Por qué escribís? —No sé qué contestarte —le digo (o le escribo). Porque creo que me gusta. Porque me parece que me hace bien escribir. Me centra. Me mantiene activo. Me estimula. Me hace ser más creativo, o eso creo. —¿¡Qué carajo sé por qué escribo!? — ¡Pará loco! No te enojes. La respuesta que me diste es un principio. Por algo se empieza. Es una punta de donde agarrarnos. Pero todavía falta mucha más reflexión en la respuesta. Te faltan más sentimientos genuinos. Te hace falta profundizar. — Es que me agarraste de sorpresa y además estoy falto de entrenamiento. Dame tiempo para procesarlo. —Está bien. Te doy tiempo para que analices y me respondas a la pregunta: ¿Por qué escribís? Para empezar puedo decir que siempre me gustó escribir, o por lo menos siempre me sentí muy cómodo con una lapicera en la mano y una hoja en blanco para llenar con palabras. Me acuerdo de los parciales de la universidad. ¡Como volaba esa escritura! Eran textos técnicos y muy específicos, eso sí. Poca literatura y poca ficción (…bueno, más o menos), pero me gustaba cuando “soltaba el brazo”. Así lo llamaba yo. Soltar el brazo. Era una sensación de libertad absoluta. Parecía como si mi mano y mi cerebro firmaran un pacto para que en las próximas dos o tres horas, o lo que duraba el examen, ellos se hacían cargo de todo mi ser. Yo los veía trabajar desde lejos. Era un simple espectador que disfrutaba de su labor en equipo. Era muy loco. Ahora que lo recuerdo, me veo sentado en un pupitre incomodísimo de la universidad, escribiendo en una hoja rayada de cuaderno grande. Mejor dicho, o mejor escrito, veo como mi cerebro le va ordenando a mi brazo y éste, a su vez, le transmite a mi mano lo que tiene que escribir. Que bello recuerdo. —¡Ahí está! Escribo para recordar. Escribo para tener sentimientos. —Eso me gusta más… Sí. Escribo para que los recuerdos se materialicen en sentimientos y no queden en el olvido. —¿Ves que cuando querés podés? Qué lindo que es escribir y que los sentimientos que creí perdido aparezcan, como un viejo amigo que no ves desde la primaria y un día te lo encontrás en un café y te ponés a charlar por horas. —Perfecto. Me gusta. Sí. Sí. Me gusta. Ahora quiero saber más sobre esto. ¿Por qué escribís? Después de la universidad no volví a sentarme (Iba escribir: “sentirme”. Acto fallido). Decía que no volví a sentarme a escribir. Tuve mi periodo de editor en un periódico en Chivilcoy, pero sólo fue una etapa de copiar-pegar-corregir-adaptar textos y en algunos poquísimos casos, escribir. Pero no lo tomo como una etapa de escritor. No me desarrolló como tal. Aunque creo que me dio un puntapié para comenzar otra etapa. Además no escribía en un cuaderno, sino que lo hacía directo en la computadora y me parece que me gusta más escribir en cuadernos. A la vieja escuela. Y soy medio pretencioso, porque necesito que sean cuadernos de tapa dura o semidura. En cambio escribir directo en una computadora me resulta impersonal. —¡Eso! Escribo para personificarme. Escribo para estar en el presente. Si bien viajo al pasado de mis recuerdos para buscar material y al mundo de mis fantasías, cuando escribo, cuando la tinta va completando la hoja, estoy ahí. Estoy en el presente. Soy un espectador porque sigo con esa manía de mirar como mi cerebro ordena y mi brazo ejecuta, pero ahora estoy con ellos. Vivo en el mismo momento. Disfruto con ellos. Me canso con ellos. —Ahí está. Te podría decir que escribo para vivir en el presente. —Bien. Otro buen punto. Ya tenemos varias aristas, pero falta. No me conformo solo con eso. Sé que hay más ahí adentro. Deja que en ese equipo de cerebro-brazo-mano y vos entre un nuevo integrante: el corazón. Y que entre todos me respondan: ¿por qué escriben? —Ok. Vamos a tratar de seguir por ahí. Luego vino mi etapa de viajero por el mundo. La apertura de un par de blogs y fue allí cuando empecé a disfrutar de la escritura. En ese entonces escribía para que me lean personas de diferentes partes, culturas. No sólo escribía para que me lean mis amigos, como solía pensar al principio. Quería ser reconocido como escritor y decidí entrar en este mundo a través del universo blogeril, si me permitís el término. —Te lo permito. Hasta que llegó un momento crucial en mi corta vida como escritor; cuando decidí escribir un libro. Al principio iba a ser una novela. Recuerdo que estando de vacaciones en Fiji se me pasó por la cabeza empezar a escribir una. Tenía una idea que andaba dándome vueltas desde hacía un tiempo. Hasta recuerdo el primer capítulo que escribí de mi supuesta novela. Pero después cambié de parecer y me volqué por los cuentos. Quizás por pereza. Quizás porque no tenía la disciplina para encarar una historia larga. Era mucho esfuerzo, por lo que decidí escribir cuentos cortos. Era lo más fácil y me salían de una sentada. Así que podía ver el producto de mi creación terminado el mismo día y eso era una caricia a mi armonía. Ahí escribía porque me sentía cómodo. Me gustaba terminar un cuento y, así como estaba, sin edición ni correcciones de ningún tipo, enseñárselo a mi ex novia. Podía afirmar que había hecho arte y tenía como demostrarlo al instante. Fue una buena época. Estaba muy inspirado y concentrado. Salían cuentos como si de una fábrica se tratara. No me puedo dar cuenta por qué más escribo. Quizás por arte. Por reconocimiento. Para demostrar algo. ¿Qué se yo? No sé. Escribo porque me gusta y por todo lo que dije antes. —No te podés quejar. Deben ir más de mil palabras y todavía sigo aquí. La lapicera continúa deslizándose por tus hojas. Así que voy terminando. Escribir me hace muy bien y voy a seguir haciéndolo hasta que me muera. Voy a seguir llenando cuadernos con palabras porque es lo que me gusta hacer. ¿Será mi destino?, ¿será mi vocación?, ¿se transformará en mi profesión? No lo sé y no me importa responder a esas preguntas ahora. Cuando estoy cómodo no me gusta ponerme a filosofar porque me genera un esfuerzo inútil que me quita del eje. —Espero que te hayan gustado éstas líneas. Desconecto a mi cerebro y le doy descanso a mi mano. De a poco iré incluyendo al corazón en mis textos. Me despido parafraseando a Kobe Bryan cuando se retiró: “What can I say? Pila out“. —Muy bien. Descanse soldado.  

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Cristo es la respuesta

Cristo es la respuesta, reza el eslogan de una de esas iglesias de la Nueva Era ubicada en una avenida de mi ciudad. Así, sin más. Con letras corpóreas negras vistosas sobre fondo pastel. Pero esa aparente y simple frase en la fachada, de una vieja casa devenida en templo del Señor, encierra mucho más de lo que dice. Yo pasé corriendo hace un tiempo por la calle, cuando todavía vivía en Argentina y la vi. Se me vino encima. Me atrajo hacia ella por unos segundos. Sin detener el ritmo seguí y a los pocos metros me imaginé la siguiente charla: —Me siento triste porque no consigo trabajo. —No se preocupe, Doña Norma, déjeme el diez por ciento y le doy la solución a todos tus problemas. —¿Cómo dice Pastor? —Quiero decir que en “Cristo es la Respuesta” va a poder encontrar una luz de esperanza al final del túnel sombrío y lúgubre en el que se encuentra su alma. —Ay, pero que bueno que es usted señor pastor. Acá tiene. ¿Me alcanza con esto? —A ver… eeehhh... Si, por ahora le alcanza. Después vemos. —Gracias señor pastor. ¿Y ahora qué tengo que hacer? —Nada. Pase. Siéntese allá. Escúcheme un rato. Cante las canciones que están en ese libro y verá como hallará la solución a todos sus males. —¿Así de simple es esto señor pastor? —Así de simple, doña Norma. Y no se olvide nunca que Cristo es la respuesta. —Ah, mire usted. Pero... entonces si ya tengo la respuesta a todos mis males, ¿para qué me tengo que quedar a escuchar su sermón? ¿Y para qué tendría que seguir viniendo? —... Cristo es la solución, hermanos. La solución a todos los males que nos aquejan. ¿Estás enfermo? Cristo es la respuesta. ¿Estás endeudado? Cristo es la respuesta. ¿Queréis conseguir trabajo? Cristo es la respuesta. Si yo fuera el gerente de marketing de esa iglesia pondría un eslogan más largo. Pondría algo así como: Cristo es la respuesta a cualquier pregunta que nos formulemos. Ese sería el título completo para atraer más fieles y, por ende, recaudar más fondos divinos. Pero el negocio no funciona de esta manera con las masas sino con un grupo reducido de desesperados por encontrarle sentido a su existencia. Si se hace muy popular se corre el riesgo de descubrir el engaño. Son esos pobres infelices, como doña Norma, los que caen en las redes de estas organizaciones de culto religioso. Que se aprovechan de las debilidades mentales de discernimiento de hombres, mujeres y niños desesperados por alcanzar la salvación terrenal. Eso sí, a costa de un diezmo que se deposita antes de entrar al recinto. No vaya a ser cosa que ese Dios no vea el noble y desinteresado gesto y los condene al ostracismo infernal. Series y Películas que recomiendo El Reino Tras el asesinato de su compañero de fórmula, un controvertido predicador evangelista se convierte en candidato a la presidencia argentina. Pero no es tan piadoso como parece. Un thriller político que, probablemente, sea la producción más ambiciosa de Netflix en Argentina hasta el momento, con un reparto encabezado por Diego Peretti, Mercedes Morán, Nancy Dupláa, Joaquín Furriel y Chino Darín. Clero Vinculados por la tragedia y el tiempo, tres sacerdotes católicos imperfectos se lanzan hacia una prueba de fe mientras viven sus vidas más como pecadores que como santos. Una de las mejores películas polacas que vi. Se puede encontrar también en Netflix. Una película que desató muchas controversias porque muestra de primera mano la mafia y el poder que tiene la religión católica en Polonia.  También recomiendo este articulo de Time Out Mexico: [20 películas incómodas para las religiones.](https://www.timeoutmexico.mx/ciudad-de-mexico/cine/20-peliculas-incomodas-para-las-religiones) 

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La mesa chica grande del fútbol

Hay una mesa, señores. No cualquier mesa. No una de esas plegables de camping donde se juntan los que traen la gaseosa y no ponen para la carne. No. Estamos hablando de la mesa chica grande del fútbol mundial. Esa donde no se sientan, se instalan. Donde el mantel es de historia, las copas de cristal son de verdad, y los cubiertos brillan con el peso de los mundiales ganados. Ahí, en la cabecera, están los de siempre. Los que no necesitan invitación ni acreditación **FIFA**. **Argentina**, **Brasil**, **Alemania**, **Italia** y **Francia**. Cinco potencias que no entran al salón: lo abren. Los que, cuando pisan la alfombra roja del Mundial, no la pisan: la estrenan. **Argentina** llega con la camiseta que más historias de locura y redención guarda. Con **Maradona**, **Messi**, **Kempes**, y una hinchada que canta como si el resultado fuera cuestión de vida o muerte. Y muchas veces lo es. **Brasil**, el eterno convidado que inventó la alegría en la pelota. La verdeamarela que te gana jugando bien, mal, bailando samba, descalso, con una sonrisa. **Alemania**, que no se ríe mucho pero siempre llega a semifinales, aunque juegue con suplentes y un utilero de arquero. **Italia**, que defiende como si le robaran la mamma y celebra los 0 a 0 como sinfonías de _Verdi_. Y **Francia**, la nueva aristocracia, que te juega con elegancia y encima te gana con cara de que no transpiró. Esa es la mesa chica grande, porque chica en número, grande en historia. No hay discusión. Los demás miran desde la barra, esperando que alguien se levante al baño para ocupar la silla. Pero no se levantan nunca. Después, un poco más allá, hay otra mesa, la de los que pueden, pero todavía no siempre pueden. Ahí se sientan **Uruguay**, **España**, **Inglaterra** y **Países Bajos**. **Uruguay**, que con tres millones te gana dos mundiales y una cantidad obscena de **Copas América**, y que juega con una garra que parece un sindicato de pulmones. **España**, que se pasó medio siglo prometiendo _“esta vez sí”_ hasta que por fin lo logró, tiki-takeando al mundo. **Inglaterra**, que inventó el fútbol pero lo olvidó en un pub. Siempre llega, siempre ilusiona, siempre se queda sin cerveza antes de tiempo. Y **Países Bajos**, que no tiene estrellas en el escudo pero tiene una en el alma. Los que no levantaron la copa, pero cambiaron la historia. Porque el fútbol total lo inventaron ellos, y eso vale más que una estrella bordada. Y luego está la tercera mesa, esa donde los mozos todavía no trajeron el pan. Ahí, con dignidad, se sientan **Croacia**, **Portugal**, **México** y quizás algún otro. **Croacia**, que sin títulos se ganó el respeto de todos, llegando a finales y semifinales con un corazón que no entiende de tamaños. **Portugal**, que tiene a **Cristiano**, que no es poca cosa, y una Eurocopa, que tampoco es poca cosa, pero no una tradición que lo acompañe más allá de su ego. **México**, es potencia regional, y siempre promete el quinto partido como quien promete dejar de fumar. Así está dividido el mundo del fútbol. No por geografía ni por economía, sino por gloria, sufrimiento y camiseta. Y si alguno protesta, que mire los títulos, los goles, los papelones y las epopeyas. Porque en la mesa chica grande del fútbol, no se sienta el que quiere, sino el que ya demostró que puede. Y eso pasa.

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Sorteo en Redes

Antes de seguir leyendo (o de empezar a leer) le tenes que dar me gusta a este texto y seguirme en las 19 redes sociales que tengo. Luego compartirlo 26 veces en Facebook, 32 en Instagram, 43 en Twitter, 57 en Pinterest, 64 en YouTube y otro tanto en LinkedIn. También debes hacer una Storie por día con alguna frase, o captura de pantalla de este concurso. No te olvides de etiquetarme para que sepa lo que estás haciendo y tampoco te olvides de etiquetar a 12 amigos, no, mejor 15, con los que quieras leer este texto. A su vez vas a tener que mandárselo por correo electrónico a esa tía divina, esa que reenvía todos estos tipos de cadenas. La que es su época mandaba gatitos. Ahora serán sorteos y concursos.{" "} Otro de los puntos que te van a dar doble chances de ganar es comentar que te pareció. Como te sentiste leyendo el texto. Hacer un monográfico de 300 palabras. No. Mejor 500, mencionándome en cada párrafo.{" "} Triple chances para los que se saquen una foto con el texto y la suban 26 veces en Facebook, 32 en Instagram, etc. Al final de todo vas a quedar seleccionado para que te anote de un sorteo que aún no se muy bien qué. Aunque se me ocurre que si este texto llega a las 100 mil lectores y mi perfil de Instagram alcanza los 50 mil seguidores, voy a regalar una postal que voy a hacer con alguna de las fotos que tengo en mi computadora más una frase inspiradora que encuentre por Internet. Y así, entre todos los que siguieron al pie de la letra con cada una de las indicaciones que les dejé más arriba, saldrá el ganador.{" "} Mucha suerte a todos. Nota 1: Los gastos de envíos, diseño e impresión de la postal corren por cuenta del feliz ganador.{" "} Nota 2: En caso de empate se define por Me gustas. Nota 3: No se suspende por lluvias ni refucilos.

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El japonés más bostero del mundo

En Japón lo extraño es uno, por más extraño que parezca. Los trenes viajan repletos de gente que lo hace en silencio y estresada. Sólo posan la vista en libros o en las pantallas de celulares estrambóticos. Los adultos miran dibujitos animados que lo llaman Animé o leen historietas que la llaman Manga. Está prohibido hablar por teléfono mientras se está en el vagón. Es una falta de educación y consideración para con el prójimo. Y si bien, no son católicos, parece que todos respetan esta norma. Los transporte públicos siempre, pero siempre, llegan puntuales a su destino a cualquier hora del día. Los retrasos y la vergüenza son dos monedas con una misma cara, al igual que la paciencia y la cordialidad. Todos son amables. Todos los japoneses y cada uno de ellos saben reverenciar en cualquier idioma. Es su forma de decirte hola, chau, gracias, perdón, y de mostrarte su respeto. Por esto cuesta imaginar que no hace mucho tiempo fueron feroces guerreros samuráis e implacables soldados en las guerras contra China y Corea. Ese tiempo pasó, creo pensar. Me autoimpongo esa creencia. Pero la fanática obediencia al sistema y su cultura milenaria me hacen dudar de esto. ¿Serían capaces de masacrar otra vez Manchuria? La generación actual, ¿estaría dispuesta a sacrificarse al estilo hollywoodense en un Pearl Harbour otra vez si se lo pidieran sus líderes? No lo sabemos. O, ¿serían capaces de clavarse una daga en el pecho por deshonor?, tampoco lo sabemos. Dentro de esta cultura metódica y multitudinaria conocí a Isamu Kato, el japonés más bostero del mundo. No le dio vergüenza abrirse paso entre las miles de personas que estaban en el famoso cruce de Shibuya para acercarse a mí. —¡Bostero soy y Boca es la alegría de mi corazón! —. Cantaba en el silencio de la media mañana de Tokyo, ante la atenta mirada de todos, en el lugar más concurrido de la ciudad y quizás del mundo. Yo vestía una campera deportiva de la Selección Argentina de fútbol. Era el único abrigo que llevaba en mi equipaje y con lo único que contaba para paliar el intenso frío del invierno japonés. Quizás fue esa campera, o mis rasgos occidentales, o mi caminar argentino o mis casi dos metros de altura los que me delataron en el medio de ese enjambre humano. Yo estaba empezando un viaje que se iba a extender por gran parte de los países asiáticos, y Japón inauguraba este recorrido. Y Tokyo era la primera ciudad que estaba visitando en el país. E Isamu era el primer contacto genuino con la cultura nipona. Aunque yo no paraba de preguntarme (y lo sigo haciendo) si estaba ante la presencia de un japonés tradicional. Mis posibles respuestas eran (y son) contradictorias. Estas dudas se presentaban porque Isamu estaba vestido de pies a cabeza con los colores del Club Boca Juniors. A saber: gorrito piluso con flecos de lana azul y amarillo; campera y pantalón de entrenamiento del club de la ribera: remera azul Nike con la pipa amarilla; mochila de la cual sacó una réplica en miniatura del tamaño de un toallón de la famosa bandera que, domingo tras domingo, La 12, la barrabrava, despliega en la Bombonera con la leyenda que reza : “Podrán imitarnos pero igualarnos jamás”. Pero lo que más llamó mi atención fue su extroversión Argentina. Era un japonés convertido al argentinismo. El “che”, el “boludo” eran palabras que conectaba en su casi perfecto idioma Castellano. —¡Argentina Argentina! —gritaba Isamu mientras me saludaba con un beso en la mejilla y me daba un afectuoso abrazo, ante la estupefacta mirada de una pareja de chicos japoneses que usaban barbijo contra el contagio de enfermedades, la polución y los extranjeros. A todo esto, Isamu ya había ganado la estatua de Hachiko, el famoso perro que esperaba todos los días en la estación del tren de Shibuya a su mejor amigo humano mientras éste iba a trabajar. La estatua lucía en su cabeza el gorrito que antes estaba usando nuestro nuevo amigo e Isamu pedía a los gritos “¡foto, foto!”. Quería retratar ese momento, mientras me llamaba cariñosamente “gallina” como si fuéramos dos amigos que se conocían de toda una vida. Yo tomé la foto y fui yo quien guardo en el teléfono su contacto de Facebook. Pero fue Isamu Kato, el japonés más bostero del mundo, al que vi perderse entre la masa de gente de la misma forma que llegó: agitando su brazo, y cantando canciones de la hinchada Argentina de Boca Juniors. —¡Las gallinas son así, son las amargas del mundo entero…! Su canal en YouTube

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Hay Dioses para tirar para arriba

Hay dioses para tirar para arriba, escribió Martín Caparrós en una de sus columnas en el Diario El País de España, y la oración —en el sentido gramatical de la palabra— me quedó resonando en los oídos de mi alma no creyente. Así, sin más, me fui a buscar enGoogle —el Dios de Internet— y descubrí una cifra que me dejó absorto. Sabía que había muchos Dioses dando vueltas por el universo, y que algunos hasta se habían ido jubilando como Zeus, Poseidón o la mismísima Pachamama, pero lo que no me imaginaba era la existencia de una enorme cantidad de deidades. Por poner un ejemplo al azar, sólo en la India se cuentan más de 300 millones de estos seres omnipotentes. Casi todos sus fieles son politeístas, es decir, que creen en más de un Dios y entre ellos son todos amiguitos. Pero ojo que también, el segundo país más habitado del mundo, supo inventar una de las religiones monoteístas más influyentes y cool de los últimos años: el Budismo. Démosle algo de crédito. Ya sé que pueden saltar los ortodoxos de siempre y argumentar en contra del Budismo que es una de las religiones flojitas, de las light, de las que están de moda, de las que es fácil entrar y salir sin ninguna consecuencia, ni terrenal ni mística. Pero, bueno, que se le va a hacer. Creer o reventar. Me parece, tengo la sospecha, de que cuando el ser humano no supo contestarse ciertas preguntas existenciales se creaba una de estas religiones para darle sentido a sus vidas. Así fueron naciendo la mayoría de las que hoy en día siguen en vigencia, como la Iglesia Maradoniana, Los Adoradores de Rambo o los que nadie les abre la puerta cuando tocan el timbre. Por siglos, la mayoría de estás religiones, de las llamadas importantes en occidente, estuvieron marcadas por sentimientos, de los llamados malos en occidente. Miedo, culpa, deseo, lujuria, venganza. Fueron evolucionando, eso sí, no les quedaba otra. Pero, en ese camino al postmodernismo, se olvidaron de lo más significante para seguir con vida: se olvidaron de la gente que los seguía. Y si bien, tuvieron sus periodos evolutivos, estos no fueron lo suficientemente abarcativos a todos y cada uno de sus adeptos. Es que tampoco ayudaron las miradas retrogradas de sus representantes en la tierra de las Big 3, ni los curas pedófilos, ni los hombre-bombas musulmanes, ni la crueldad de los judíos contra los palestinos. Gente grande haciendo cagada, como siempre, y encima metiendo a un Dios de por medio. Cuando se dé cuenta este Dios, si es que alguna vez se entera, de las cosas que están haciendo sus feligreses en la Tierra, van a ver qué castigo les tira. Otra que el diluvio, los latigazos o el exterminio de los cananeos. Ya van a ver. Con la caída del Catolicismo en la bolsa de valores, con el pésimo marketing que se ganó el Musulmán por culpa de sus fundamentalistas, y con la falta de concordancia, de ideas y de la esquizofrenia del Judaísmo, el mundo se va quedando sin fieles. Al menos por estas partes del planeta. Entonces, ¿qué hacemos con todos estos Dioses que pierden a sus empleados? ¿Cómo calmamos sus iras si las personas empiezan a renunciar a sus miedos? ¿Si ya no le temen a sus venganzas? Al final, como será de esperar, la gente se irá distanciando de estos cultos y nos acercaremos de a poco, a paso firme, a un mundo donde las religiones pasaran a ser leyendas populares, como lo fue el cuco, como lo fue el Peronismo, como lo será el infierno. Cabe preguntarse si estaremos preparados para vivir sin la protección de estos más de 300 millones de dioses. Solo el tiempo lo dirá. Yo por las dudas no me asocio a ninguna, no vaya a ser cosa que alguno de los otros 299 millones se me enoje, me castigue y me condene al ostracismo eterno.

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¿Y si esto es un Manual de Estilos?

( ponele los signos de puntuación que quieras y dónde quieras, yo no tengo ganas ) Y bueno. Y a veces me cansan las reglas ortográficas y me da por escribir libre, como se me canta. Y si lo importante, al final, es que tenemos que llegar a los lectores. Y mucho antes de eso es que escribimos para nosotros mismos. Y sí. Y si quiero querer, quiero y porque querer querer es quererse a uno mismo y que se yo. Y puede parecer que no estamos escribiendo bonito y que redundamos y que no usamos correctamente los signos y que repetimos palabras innecesarias y que estamos destruyendo un texto que no se ajusta a los manuales de estilos establecidos. Y no advertimos que estos son cánones comúnmente aceptados que fueron inventados por algunos, hace mucho tiempo atrás, que dispusieron que así se debía escribir y así otro se debía leer y así de esta otra forma interpretar y discernir sobre lo que se lee.  ¿Y si estamos cambiando la forma de escribir y todavía no nos dimos cuenta (o sí)? ¿Y si la gente se cansó de ver los paréntesis bien ubicados y las estructuras bien armaditas? Y yo también. Y me dan ganas de mandar todo a la mierda (ups, dije mierda) y escribir como me sale y sin andar pensando como debería escribir o como dicen algunos que tendría que armar mis textos. Y si quiero putear, puteo cuando escribo (culo, teta, pito), como si los lectores no lo hicieran. Y si está mal esto, entonces vení a escribir vos y listo. Y si no se me antoja poner una "Y" cuando estoy enumerando cosas, sino que quiero seguir con las comas hasta el infinito, lo hago. Y pienso que tiene más sentido, a veces, porque le da más peso al texto. Y se me ocurre que en definitiva, serán los lectores los que le den sentido y los mismos lectores terminarán evaluando la calidad y no los editores ni los manuales de estilos que andan pululando como marihuana por el mundo de la literatura. Y si quiero ponerle veinte adjetivos a ese verbo tan bonito, tan bello, tan elegante, tan poderoso, tan sutil, tan único, tan emblemático y tan verbo al fin, se los pongo. Y no por ello se me caen los anillos. Y por el contrario me siento más relajado y más feliz. Y sí. Y porque hice algo que no se tenía que hacer. ¿Y díganme si no les da placer hacer algo que saben que no deben hacer? Y si quiero escribir "Todes" en lugar de "Todos" para ser más inclusivo, también lo hago, porque me acuerdo que hace no mucho, unos doscientos años atrás, todavía usábamos el "Vosotros". Y mucho más cerca en el tiempo todavía usábamos el "Tu" en lugar del "Vos" (al menos en Argentina). Y si me parece que el "Todes" no va con mi estilo de escritura no lo escribo, pero sí acepto que va con el estilo y la forma de expresarse y de pensar y de sentir y de actuar de los que vienen.  Y vamos que nos vamos y que termino este intento de reflexión con más dudas que certezas y me acurruco en las palabras, mis palabras y mis frases y mis oraciones y mis estilos y mis formas de escribir y me cago en todos los manuales y en todas las reglas y dejo de escribir y vuelvo y puteo y reincido y me enojo y me siento realizado y me como una coma y me doy cuenta de que comer una coma suena gracioso mientras lo leo y me gusta como queda y hasta me imagino que me estoy comiendo una coma y me veo masticándola y de tanto divagar me olvido de separar con puntos un párrafo que se está haciendo eterno (ups un gerundio) y me olvido de que está prohibido empezar una nueva oración con la  letra "Y" y también me olvido que está prohibido poner el adjetivo adelante del verbo y sin embargo me gusta como queda y lo dejo y respiro y te dejo respirar. ¿Y si empezamos a ser más rebeldes con nuestros textos y nos dejamos de prohibir por prohibir? ¿Y si mandamos a la mierda todos los convencionalismos y producimos textos más reales, mas sentidos, más originales, más actuales, más inclusivos, más divertidos, más reflexivos, más provocativos, más de uno que de otros? Y vamos por más.

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