El Gran Premio de Francia tenía todas las condiciones para que finalmente
lograra su primera victoria arriba de un auto de Fórmula 1. No era martes ni
trece, sin embargo, El Piloto era una persona muy supersticiosa. La mala
fortuna había estado presente en muchos momentos de su carrera deportiva. Por
esto, ese fin de semana, tomó todos los recaudos. Antes de salir a competir,
besó sus amuletos que tenía guardado con candado para que nadie los
“contaminara” con malas ondas, revisó él mismo su vehículo minuciosamente,
chequeando cada detalle decenas de veces y luego se dirigió, muy confiado,
hacia la competencia. Sintió muy adentro suyo que éste era su momento y nadie
podía arrebatarle la gloria. Su gloria tan ansiada.
El Piloto creció en una granja en un pueblito de Nueva Zelanda. Desde muy
chico se interesó por los coches. Siendo un adolescente, ya mostraba sus
habilidades en competencias de carreras de autos antiguos en la playa. Es así
como comienza su trayectoria como corredor, que lo llevó a competir primero en
Australia y más tarde en Europa.
Animado por sus brillantes resultados, y con sólo dieciocho años, llega a la
máxima categoría del automovilismo profesional; la Formula 1. Su corta edad y
su capacidad al volante prometían una carrera deportiva llena de éxitos y
campeonatos. Pero la suerte nunca estuvo de su lado. De los 99 Grandes Premios
en los que participó, no pudo ganar ninguno. Sólo se tuvo que conformar con
seis segundos puestos y diez terceros, a pesar de haber largado 29 veces desde
la primera fila. Aunque vale decir, que en dos oportunidades logró pasar la
bandera a cuadros en primer lugar. Sin embargo, y como si la suerte intentara
burlarse de él o fuera una broma de mal gusto del destino, esas carreras se
trataban de Grandes Premios no puntuables. Estas dos victorias estaban fuera
del calendario oficial de la Formula 1 y no entregaron puntos a los pilotos.
No fueron contabilizadas y nadie les dio importancia. Una de esas carreras fue
en el histórico circuito de Silverston, en Inglaterra, a principio de los años
70. La otra competición donde terminó primero fue en el Gran Premio de
Argentina del año 1971.
Otros eventos como roturas de motores en momentos claves, que se le detenga el
auto en la largada, quedarse sin combustible en mitad de la competencia, no
poder salir a la pista por descomponerse minutos antes de la carrera, peleas
con sus compañeros de equipos, choque involuntario con el auto de seguridad,
entrar a boxes en momentos en que no lo estaban esperando, y tantos otros
desencuentros deportivos lo convirtieron en el centro de atención de los
periodistas y colegas por su mala fortuna. Incluso, su reputación de mala
suerte era tan fuerte que un escritor de la revista Campeones bromeó sobre él
diciendo que “si fuera un enterrador, la gente dejaría de morir”.
En la temporada del 67 compitió con un auto de Ferrari, una de las escuderías
más importantes de la Formula 1. En ese año, su mejor ubicación en una carrera
fue un quinto puesto. En toda la rica historia de este equipo nunca un piloto
de esa escudería no había logrado, por lo menos, subirse al podio en una
competición en todo el año. El Piloto fue el primero. Pero lo anecdótico fue
que, al año siguiente, otro piloto con el mismo monoplaza que él dejara, haya
sido campeón con mucha ventaja sobre el segundo.
Pero ese fin de semana parecía distinto. Dominó ampliamente los ensayos y las
clasificaciones, se hizo con la pole position, y desde el inicio de la carrera
había conseguido una distancia casi inalcanzable sobre el resto. El sueño de
la primera victoria se acercaba cada vez más. Todo el mundo estaba pendiente
de esta carrera.
Con media vuelta para finalizar la competencia, y con la bandera a cuadros
flameando en el horizonte ante sus ojos, se dirigió hacia un triunfo seguro.
Ya se veía levantando el trofeo y bañando con champagne a todos los miembros
de su equipo. Notas en los diarios y revistas, invitado a la televisión. ¿Por
qué no, que en los programas de chimentos le inventaran un romance con alguna
modelo?
El mundo entero se iba a rendir a sus pies. Pero la diosa fortuna volvió otra
vez a jugar con él. Una piedra, en mitad de la pista, se fue a incrustar en el
neumático delantero derecho acabando para siempre con su sueño. Después de
hacer varios trompos y de terminar hundido en la cama de leca, quiso finalizar
la carrera a pesar de todo, pero el auto nunca encendió. Intentó como último
recurso empujarlo nuevamente hasta la pista, pero fue en vano. Ya no tenía más
fuerzas ni voluntad para seguir. Ya se había rendido ante el destino de su
vida. Finalmente abandonó a escasos metros de la llegada, viendo como sus
colegas pasaban uno a uno a través de la meta que él nunca llegaría a
alcanzar.
Este cuento pertenece al libro El momento RANDOM, publicado
en el año 2021.