08/24/2026 Hace años que vengo escuchando hasta el cansancio que la ficción aburre. Que ahora lo importante es lo que pasa realmente en el mundo. Y yo me pregunto si no son acaso las mejores historias aquellas en las que la realidad se toma ciertas atribuciones de la ficción. Esa clase de realidad que uno lee y piensa: esto no puede haber pasado. Y pasó.
Porque escribir sobre una persona famosa debe ser relativamente fácil. Qué sé yo. Me parece. Hay entrevistas, perfiles, biografías, divorcios, frases célebres, Wikipedia, documentales de Netflix. Uno tiene un montón de lugares de donde agarrarse. Y además están todos escribiendo sobre ellas. Pero escribir sobre un escritor de viajes... Ahí te quiero ver, González.
Aunque, pensándolo bien, quizás no sea tan difícil. Hay gente que lleva media vida dejando miguitas de pan digitales por todo el planeta. Un post desde Afganistán. Una foto desde Somalilandia. Una reflexión escrita en algún café de Asia Central. Una crónica desde una ruta secundaria que probablemente Google Maps considere un error. Un libro. Otro libro. Un mapa. Una libreta. Una mochila. Y si uno junta todas esas miguitas, de pronto aparece una vida.
Dentro de ese universo enorme de viajeros, mochileros, nómadas, aventureros, influencers y demás especímenes que alguna vez decidieron que una oficina era un lugar demasiado pequeño para pasar cuarenta años, hay uno que me vuelve particularmente loco. Al nivel cholulismo. Una persona que, si algún día me la cruzo, probablemente haga algo que después me dará vergüenza: pedirle una selfie. Y quizás un autógrafo. En la mochila.
Se llama Juan Pablo Villarino, aunque desde hace tanto tiempo se hace llamar el Acróbata del Camino que a esta altura resulta difícil saber cuál de los dos nombres figura realmente en su pasaporte espiritual.
Juan es alto. Muy alto. Casi dos metros. Delgado, anteojos, barba. Tiene esa apariencia improbable de profesor universitario que perdió el colectivo y decidió seguir caminando hasta Afganistán. Un saltimbanqui de las rutas que aprendió a convertir una sonrisa en tarjeta de presentación y un pulgar levantado en documento de viaje. Un dandy del asfalto que atravesó más de cien países y territorios, recorrió cientos de miles de kilómetros y convirtió la banquina, ese lugar que para casi todos nosotros significa desperfecto mecánico, en una especie de oficina.
Pero reducir a Villarino a la cantidad de países que visitó sería cometer exactamente el error contra el que construyó su vida. Porque Juan no colecciona países. Colecciona encuentros.
• • •
Nació en Mar del Plata en 1978 y estudió Psicología en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Leía a Hermann Hesse, Cortázar, Kerouac. Miraba mapas. En 2001 hizo durante tres meses autostop por Europa y regresó a una Argentina que estaba a punto de desarmarse. Mientras millones intentaban aferrarse a algo, él empezó a preguntarse si valía la pena aferrarse.
En 2002 organizó encuentros de mochileros y poco después fundó Autostop Argentina. En esos años escribió un texto al que llamó Manifiesto Mochilero. Allí dejó una de esas frases que sirven para entender todo lo que vendría después: una jornada laboral de doce horas podía ser, para él, más peligrosa que hacer dedo.
En 2003 tomó una decisión bastante poco aconsejable para cualquier argentino que hubiese sobrevivido al estallido económico reciente: se fue. Llegó a Irlanda con diez euros. Trabajó durante un año y medio en fábricas de queso, hoteles, depósitos, bares, restaurantes. Lo que hubiera. Ahorraba. Planeaba. Leía.
Hasta que el 1 de mayo de 2005 se subió a un velero en Belfast, Irlanda del Norte. El destino inmediato era Escocia. El destino real, vaya uno a saber. El viaje terminaría veintisiete meses después, en Tailandia.
Hay gente que se toma un año sabático. Villarino se tomó una vida.
• • •
El mundo de 2005 era bastante distinto. Facebook todavía era una cosa de universitarios norteamericanos. Twitter no existía. Instagram no existía. No existía el influencer. No existía eso de mirar un atardecer preguntándose antes dónde poner el teléfono.
Cuando Juan abrió Acróbata del Camino lo hizo desde una computadora prestada en la oficina de un conductor rumano. Antes mandaba correos colectivos a amigos. Después empezó a publicar una crónica por semana. Él mismo recuerda aquellos primeros tiempos de los blogs como una especie de grito en el vacío: escribía sin saber exactamente quién estaba del otro lado.
Y mientras Internet aprendía a existir, Villarino avanzaba hacia Oriente Medio. No porque hubiera elegido la ruta más corta. Justamente porque había elegido la más complicada.
Los atentados del 11 de septiembre todavía estaban frescos. George W. Bush había instalado la expresión «eje del mal». Afganistán era guerra. Irak era guerra. Irán era amenaza. Siria era sospecha. La televisión producía un mapa sencillo: de este lado los buenos; del otro, lugares donde una persona sensata no debería ir.
Juan decidió ir precisamente allí. Turquía, Siria, Irak, Irán, Afganistán. No llevaba chaleco antibalas. Llevaba una mochila y una hipótesis: el ser humano es mucho mejor de lo que muestran las noticias. La idea parece ingenua hasta que alguien decide poner el cuerpo para comprobarla.
• • •
Hay una imagen que se repite en los textos de Villarino. Cada vez que llegaba a una frontera alguien le advertía que el verdadero peligro empezaba después. Los húngaros le advertían sobre los rumanos. Los rumanos sobre los búlgaros. Los habitantes de un país le explicaban que los habitantes del siguiente eran ladrones, asesinos, salvajes, fanáticos o alguna combinación eficaz de las cuatro cosas.
Juan cruzaba. Levantaba el pulgar. Y alguien frenaba.
A veces ese alguien lo llevaba diez kilómetros. A veces le daba de comer. A veces lo invitaba a dormir. A veces lo metía en un Parlamento. Porque con Villarino las cosas tienden a descontrolarse un poco.
En 2006 entró al Kurdistán iraquí. Irak llevaba pocos años de invasión estadounidense. Bagdad aparecía en televisión acompañada casi siempre por una columna de humo. Los propios habitantes de la región le aconsejaban evitar determinadas zonas. Juan siguió haciendo dedo.
Y entonces ocurrió una de esas escenas que, si uno las escribiera en una novela, algún editor podría devolver con una anotación al margen: demasiado inverosímil.
Un automóvil se detuvo. El hombre que iba dentro resultó ser primo del presidente del Kurdistán. Lo invitó a su casa. Y una sucesión de acontecimientos que todavía hoy parecen más propios de un cuento de García Márquez, terminó llevando a aquel argentino alto y barbudo, que había entrado en Irak prácticamente como un vagabundo, hasta el Parlamento kurdo.
Allí conoció al vicepresidente. Hubo cámaras, televisión pública, un mensaje de paz, lecciones de autostop. Al día siguiente, según contaría años después, algunas personas lo reconocían por la calle y le pedían autógrafos.
Hay gente que necesita veinte años de militancia para entrar en un parlamento. Juan Villarino necesitó un pulgar.
• • •
Esa no fue la única anomalía. Tomó té en un campo minado. Funcionó como cartero improvisado en Afganistán. Se abasteció de comida en una base estadounidense. Durmió con miembros de la resistencia intelectual iraní. En Siria compartió campamentos con beduinos. Atravesó el Tíbet. Durmió en monasterios, establos, castillos, casas particulares, jardines y lugares que difícilmente aparezcan bajo el filtro «alojamientos» de Booking.
De aquel primer gran viaje nació Vagabundeando en el Eje del Mal. Pero decir que el libro trata sobre Irak, Irán y Afganistán sería impreciso. Trata sobre otra cosa: sobre personas. Sobre esa parte de un país que nunca entra en un informativo porque un señor que ofrece té a un desconocido no genera breaking news.
Esa ha sido desde entonces la obsesión de Villarino: ponerles nombres, caras, platos de comida, hijos, trabajos y voces a esas manchas de colores que nosotros llamamos países. Porque uno dice Afganistán y piensa talibanes. Dice Irak y piensa guerra. Dice Irán y piensa ayatolás. Juan dice Afganistán y recuerda a una persona. Dice Irak y recuerda quién frenó el auto. Dice Irán y probablemente recuerde la hora del té.
Ese pequeño desplazamiento, del país abstracto hacia una persona concreta, es quizás la parte más política de toda su obra.
• • •
Hasta aquí podríamos cometer un error. Podríamos imaginar que Villarino es una especie de hippie cósmico que sale de casa sin saber dónde está el norte, deja todo librado a las energías del universo y espera que alguna fuerza superior le mande una camioneta.
No.
Juan es un obsesivo. Un profesional. Un nerd de la banquina. Lleva registros de los viajes. Estudia tiempos de espera. Lee historia antes de llegar a un país. Busca regiones con identidades propias. Prefiere carreteras secundarias. Diseña recorridos en función de lo que quiere investigar. Colecciona mapas antiguos y sellos postales. De niño, la filatelia fue una de sus primeras formas de aprender geografía.
Y tiene una teoría del autostop. No basta con levantar el dedo. Hay que elegir dónde ponerse. Hay que mirar al conductor. No conviene ocultar los ojos. Hay que vestirse de manera neutra. La mochila debe verse. Y hay que sonreír. Sobre todo sonreír.
Porque el automovilista que se aproxima tiene apenas unos segundos para resolver una pregunta bastante extraordinaria: ¿meto a este desconocido dentro de mi auto? Villarino sostiene que el auto se detiene más por la sonrisa que por el pulgar. Después de miles y miles de kilómetros, transformó la confianza en técnica.
Eso es lo fascinante: el tipo que convirtió su vida en una defensa del azar estudió minuciosamente cómo fabricar las condiciones para que el azar ocurra.
Incluso hizo estadísticas. En una entrevista de 2018 explicaba que, según sus registros de entonces, en Irak esperaba en promedio siete minutos para conseguir un vehículo. Jordania: nueve. Ecuador: diez. Rumania: doce. Tíbet: tres horas y dieciséis minutos. Los países escandinavos tampoco quedaban muy bien parados. Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca. Muchos Volvos. Pocos frenando.
Para Villarino, eso decía algo sobre las sociedades. No necesariamente sobre si eran buenas o malas, ricas o pobres, sino sobre cuánto espacio dejaban para que dos desconocidos dependieran uno del otro. Su laboratorio nunca tuvo paredes. Tenía banquinas.
• • •
En 2010 apareció Laura Lazzarino, que fue su compañera de viaje durante varios años. Juntos recorrieron Sudamérica durante dieciocho meses, treinta y seis mil kilómetros desde la Antártida hasta las Guayanas, siguiendo rutas secundarias y buscando minorías, comunidades y lugares que los mapas turísticos apenas registraban. De aquella etapa compartida salió Caminos Invisibles.
Después recorrieron África. Quince meses desde Egipto hasta Sudáfrica: Sudán, Etiopía, Somalilandia, Yibuti, Uganda. Un continente que también obligó a Villarino a revisar varias de sus propias ideas sobre hospitalidad, pobreza y viaje. De esa travesía salió África I: El tiempo de los ritos. Después vendría Un Tango en Tíbet.
Pero antes sucedió algo todavía más insólito.
En 2018, The New York Times Magazine decidió averiguar qué carajo era ese argentino. No exactamente con esas palabras, supongo. Mandó al periodista Wes Enzinna y al fotógrafo Brent Stirton a seguirlo durante una semana por África. No a entrevistarlo sentado en un café. A seguirlo. Haciendo dedo, durmiendo donde tocara, esperando autos. Observando cómo se paraba, cómo miraba, cómo sonreía, dónde ubicaba la mochila, cómo conseguía que una persona que no lo había visto jamás decidiera abrirle una puerta.
El artículo ocupó ocho páginas de la revista y llevó un título que, para un tipo que había construido su vida al costado de una ruta, debía sonar casi delirante: King of the Ride: On the Road with the World’s Greatest Hitchhiker. El rey de la ruta: En carretera con el mejor autoestopista del mundo.
Tomá pa' vo.
Para ese momento, aquel estudiante de Psicología que había aterrizado en Irlanda con diez euros ya había recorrido alrededor de noventa países. El periodista lo describió como una combinación improbable de Don Quijote y Che Guevara. Y entonces ocurrió algo curioso: el tipo que había salido a la ruta para discutir la mirada de los grandes medios terminó convertido en protagonista de uno de los medios más importantes del mundo. Había entrado al monstruo por la puerta de servicio. Haciendo dedo.
• • •
También llegó la televisión argentina. CQC. TN. C5N. TV Pública. CNN. Radios. Podcasts. Entrevistas. En 2013, Gael García Bernal recomendó Vagabundeando en el Eje del Mal. Villarino cuenta que alguien le avisó con una frase bastante argentina: «Boludo, Gael García Bernal está recomendando tu libro en Twitter».
Podría haberse convertido en una caricatura de sí mismo. El Mochilero Profesional. El Hombre Libre. El Tipo Que Abandonó Todo. La clase de personaje al que inevitablemente algún conductor de televisión le pregunta: «¿Y nunca pensaste en sentar cabeza?».
Pero Villarino parece haber envejecido de una manera bastante más interesante. Porque resulta que el Acróbata del Camino tiene casa.
Después de décadas de movimiento, construyó un refugio en un bosque costero argentino. Tiene biblioteca. Una biblioteca con escalera. Colecciona mapas viejos. Busca libros raros en subastas y librerías de segunda mano. Aprendió a cortar leña, a reconocer árboles, hongos, pájaros. Viaja una parte del año y pasa la otra investigando y escribiendo.
El hombre que alguna vez soñó con escapar del sistema terminó reconociendo algo todavía más interesante: no había salido del sistema. Había construido el suyo.
Ahora también organiza expediciones para llevar grupos pequeños a esos lugares que durante años recorrió solo: Pakistán, Groenlandia, Tíbet, Turkmenistán, Siria, Malvinas. Y esa imagen me gusta. Me gusta incluso más que la del muchacho de veintisiete años que salió de Belfast con una mochila, porque desmonta otra fantasía. La libertad no era estar eternamente en movimiento. La libertad era poder elegir cuándo moverse y cuándo quedarse.
• • •
Han pasado más de veinte años desde aquella mañana de mayo de 2005. Internet cambió. Los blogs dejaron de ser diarios íntimos y se convirtieron en negocios. Aparecieron Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, los influencers, los reels, los drones, los códigos de descuento, las listas de diez lugares que tenés que conocer antes de morir.
Y en algún lugar de ese ruido todavía anda Villarino. A veces en una carretera de Asia Central. A veces mirando un mapa prusiano de hace cien años. A veces escribiendo en su casa del bosque. A veces esperando que alguien frene.
Quizás por eso sigo leyéndolo. No porque haya conocido más de cien países. Ni porque haya recorrido cientos de miles de kilómetros. Ni porque haya estado en Irak, Afganistán, Somalilandia o Tíbet. Ni siquiera porque The New York Times haya decidido llamarlo el mejor autoestopista del mundo.
Lo sigo leyendo porque después de todo ese camino continúa defendiendo una idea casi obscenamente simple: que del otro lado hay alguien. Y que quizás valga la pena conocerlo.
Juan Pablo Villarino. Acróbata. Escritor. Argentino. Viajero. Autoestopista de grandes ligas. Campeón mundial de una competencia que probablemente no existe. Héroe sin capa, con una mochila que durante años le abrazó la espalda y con el mismo gesto elemental de hace veinte años: pararse al costado del mundo, mirar a un desconocido, sonreír y levantar el pulgar.
Seguir leyendo...