Darias cualquier cosa por volver a cerrar las persianas
El primer día pensás que es una tormenta. Te despertás a las siete y quince porque suena la alarma del teléfono, pero la habitación sigue completamente negra. No esa oscuridad azulada que queda antes del amanecer, cuando las persianas todavía pueden engañarte un poco, sino negra de verdad. Negra como cuando cerrás los ojos y apretás los párpados con fuerza. Buscás el teléfono debajo de la almohada. 07:15. Martes. Veintitrés por ciento de batería. Te quedás mirándolo unos segundos porque hay algo que no encaja. A las siete y quince, en enero, debería haber luz. Te levantás. Caminás hasta la ventana y levantás la persiana. Nada. Los edificios de enfrente apenas existen. Son bloques oscuros recortados contra un cielo un poco menos negro. Algunas ventanas están encendidas. Muchas más de las normales. Pensás que debe ser una tormenta enorme. Después pensás en un eclipse. Después recordás que los eclipses no duran toda la mañana. A las ocho y media todavía no salió el sol. A las nueve tampoco. A las diez ya hay gente en la calle. No mucha. Algunos están parados sobre la vereda mirando hacia arriba como imbéciles, como si el sol pudiera aparecer porque treinta personas levanten la cabeza al mismo tiempo. Vos también mirás. No hay nubes. Eso es lo primero que te asusta. El cielo está limpio. Negro, pero limpio. A las diez y cuarenta y tres aparece el primer comunicado del gobierno. Lo ves sentado en la cocina, con una taza de café entre las manos. Una mujer habla frente a varias banderas. Dice que se trata de un fenómeno atmosférico. Dice que los organismos internacionales están estudiando la situación. Dice que no existe ningún peligro inmediato. Dice que la población debe mantener la calma. Cuando un gobierno dice que la población debe mantener la calma, pensás, probablemente ya haya alguna razón para empezar a tener miedo. A las once vas al supermercado. No porque estés asustado. Eso te decís. Vas porque necesitás leche. Nada más. Leche. Quizás arroz. Unos fideos. Agua. Cuando llegás hay una fila que ocupa media cuadra. Nadie habla demasiado. Todos miran sus teléfonos. Un hombre sale con cuatro paquetes de papel higiénico. Una mujer sale cargando doce botellas de agua. Dos adolescentes se ríen mientras graban un video. Uno mira a cámara. Dice que estamos viviendo el fin del mundo. El otro se ríe. Vos también. No sabés por qué. Quizás porque todavía es gracioso. El segundo día sigue sin salir el sol. A las siete y quince vuelve a sonar el despertador. Lo apagás. Las oficinas permanecerán cerradas hasta nuevo aviso. El transporte funciona parcialmente. Las escuelas están cerradas. Los aeropuertos también. Las autoridades recomiendan permanecer en casa. Ahora hablan de una anomalía astronómica. Ya no dicen atmosférica. En la televisión aparece un astrofísico. Explica algo sobre radiación. Satélites. Observatorios. Campos magnéticos. No entendés demasiado. La periodista le hace una pregunta sencilla. Cuándo volverá a salir el sol. El hombre tarda cuatro segundos en responder. Cuatro segundos. Los contás. Dice que todavía no pueden determinarlo. Ahí empezás a tener miedo. El tercer día la temperatura baja. No demasiado. Lo suficiente. Hace un frío absurdo para enero. La clase de frío que te hace cerrar una ventana que debería estar abierta. Los departamentos empiezan a conservar menos calor. Las paredes están frescas. El suelo también. La electricidad comienza a fallar. Primero durante diez minutos. Después media hora. Después dos horas. La ciudad cambia cuando se apagan las luces. Nunca habías entendido cuánto dependía todo de esas bombillas. Los semáforos. Las estaciones. Las tiendas. Los portales. Los carteles. Las máquinas. Las ventanas. Todo desaparece. La gente empieza a encender velas. Desde tu balcón podés ver cientos. Pequeños puntos amarillos suspendidos en la oscuridad. Es hermoso. Te da vergüenza pensar eso. Pero es hermoso. Durante unos minutos parece Navidad. Después escuchás un disparo. Muy lejos. Después otro. Después una sirena. Después nada. El cuarto día descubrís que el silencio puede ser peor que los disparos. Ya casi no pasan autos. No hay aviones. No hay trenes. No hay obras. No hay música saliendo de los bares. No hay gente hablando debajo de tu ventana. La ciudad está quieta. Una ciudad no debería estar quieta. Las ciudades son animales. Respiran. Gruñen. Vibran. Esta parece muerta. A media tarde te das cuenta de que tenés puesta una campera dentro del departamento. No recordás cuándo te la pusiste. No hace un frío insoportable. Todavía no. Pero el verano desapareció. El aire tiene algo de mayo. Algo húmedo. Algo que empieza a meterse en los muebles. Las ventanas ya no se abren. Nadie quiere perder el poco calor que queda. El teléfono tiene once por ciento. No hay señal. Lo apagás. Por primera vez desde que eras adolescente apagás voluntariamente el teléfono. Te sorprende cuánto pesa cuando deja de servir para algo. El quinto día alguien golpea tu puerta. Tres veces. No abrís. Vuelven a golpear. Una voz dice tu nombre. Te acercás despacio. Es el vecino del cuarto. El viejo que siempre te saludaba en el ascensor y cuyo nombre nunca aprendiste. Abrís. Tiene una linterna en una mano. En la otra lleva una olla. Dice que varios vecinos están reuniendo comida abajo. Dice que algunas heladeras llevan horas sin funcionar. Dice que sería mejor cocinar lo que pueda echarse a perder. Bajás. Hay diecisiete personas en el hall. Reconocés caras. Ningún nombre. Eso también te da vergüenza. Viviste siete años en ese edificio. Siete años. Y no conocés a nadie. La mujer del segundo se llama Elisabeth. El chico del primero es Mateo. La pareja del tercero son Lucas y Melisa. El viejo de la olla se llama Jorge. Jorge. Siete años diciéndole buenos días sin saber que se llamaba Jorge. Cocinan sopa en dos hornallas de camping. Verduras. Lentejas. Papas. Carne descongelada. Cosas que probablemente nunca hubieras mezclado. Es la mejor sopa que comiste en tu vida. Alguien abre una botella de vino. Otro encuentra una guitarra. Una mujer canta. Durante veinte minutos nadie habla del sol. Durante veinte minutos el mundo no se termina. Después se corta otra vez la electricidad. Esta vez no vuelve. Jorge dice que conviene bajar las cosas al sótano. No porque estén esperando un bombardeo. No porque alguien haya dado una orden. Simplemente porque el sótano conserva mejor la temperatura y porque las ventanas del hall ya empiezan a dejar entrar demasiado frío. Bajan cajas de comida. Bidones. Linternas. Mantas. Un colchón. Después otro. Lo hacen sin ponerse de acuerdo. Uno trae algo y el siguiente entiende. En menos de una hora el sótano deja de ser un depósito y se convierte en un lugar donde diecisiete personas intentan no pensar demasiado. Las paredes son gruesas. Huele a humedad. A tierra. A ropa guardada. A papas viejas. Es desagradable. Pero ahí abajo el frío tarda más en entrar. Mateo encuentra una radio de pilas. Jorge busca una frecuencia. Estática. Una voz. Más estática.Después una transmisión clara. Todos se callan. Habla una mujer. No sabés de qué país. Dice que las mediciones internacionales coinciden. La radiación solar recibida en la superficie terrestre ha disminuido hasta niveles cercanos a cero. Habla de observatorios que dejaron de transmitir. De satélites que no responden. De telescopios orbitales incomunicados. De mediciones contradictorias. De temperaturas globales en descenso. Después dice algo que deja el sótano en silencio. No sabemos si el Sol sigue siendo visible desde fuera de la Tierra. Nadie habla. Mateo pregunta qué significa eso. Nadie responde. La voz continúa. Explica que no existe todavía una hipótesis confirmada. Habla de reservas energéticas. De producción de alimentos. De protocolos de emergencia. De centros de evacuación. Después la señal se pierde. Jorge mueve la antena. Nada. Golpea la radio con la palma. Nada. La mujer de la guitarra ya no canta. Alguien empieza a llorar en un rincón. Bajito. Casi con vergüenza. Esa noche algunos vuelven a sus departamentos. Otros se quedan abajo. Vos te quedás. No porque tengas miedo. Eso te decís. Te quedás porque el sótano está más caliente. Nada más. Te acostás sobre un colchón fino. A tu alrededor escuchás respiraciones. Alguien ronca. Un niño murmura dormido. Una mujer pregunta la hora. Nadie sabe. Pensás en todas las mañanas que odiaste despertarte temprano. Todas. Los lunes. Las alarmas. El tráfico. La oficina. La gente. La lluvia. El café demasiado caliente. Los correos. Las reuniones. Los vecinos haciendo ruido. La luz entrando por la ventana cuando querías seguir durmiendo. Sobre todo la luz. Te molestaba muchísimo la luz. Recordás que algunas mañanas cerrabas las cortinas para que no entrara. Y entonces, acostado bajo tierra entre personas cuyos nombres aprendiste recién cuando el mundo empezó a apagarse, entendés algo que te hace llorar sin hacer ruido. Darías cualquier cosa. Cualquier cosa. Por volver a cerrar una cortina. El sexto día abrís los ojos antes que todos. No sabés por qué. Quizás porque tenés frío. Quizás porque ya casi nadie duerme bien. Te incorporás. Esperás. Hay algo distinto. No sabés qué. Subís las escaleras. El edificio está en silencio. Cuando llegás al hall lo entendés. Podés ver la puerta. No mucho. Apenas. Pero podés verla. Hay una claridad gris entrando por los vidrios. Te quedás quieto. Después corrés. Abrís la puerta. Salís a la calle. No llevás campera. No importa. Hay otras personas saliendo de otros edificios. Una. Tres. Diez. Veinte. Todos miran hacia el mismo lugar. El horizonte. Una línea gris se extiende detrás de los tejados. La línea se vuelve azul. Después blanca. Alguien empieza a llorar. Una mujer grita desde una ventana. Una puerta se abre detrás tuyo. Jorge sale envuelto en una manta. Mateo aparece descalzo. La gente ocupa la calle. Cientos. Quizás miles. Y entonces aparece. Una curva amarilla. Ridícula. Minúscula. Perfecta. El sol. Primero nadie hace nada. Después empiezan los aplausos. Un hombre grita. Una mujer cae de rodillas. Dos desconocidos se abrazan. Un chico salta en medio de la calle. Vos te quedás quieto. El sol sigue subiendo. La luz toca los edificios. Los autos abandonados. Los balcones. Las ventanas. Las caras. Sentís algo sobre la piel. Calor. Muy poco. Pero calor. Cerrás los ojos. Y por primera vez en tu vida comprendés lo extraordinario que era algo que sucedía todos los días. Escuchás a Jorge detrás tuyo. Dice tu nombre. No respondés. Lo vuelve a decir. Hay algo distinto en su voz. Abrís los ojos. Jorge está mirando hacia arriba. No hacia el sol. Más arriba. Seguís su mirada. Al principio no ves nada. Después sí. Una ausencia. Eso es lo primero que pensás. No una cosa. Una ausencia. Una región del cielo demasiado negra. Perfectamente negra. Las estrellas desaparecen ahí. No están ocultas por nubes. No titilan. Simplemente dejan de existir al llegar a ese borde. La mancha ocupa una parte enorme del cielo. Y se mueve. Muy despacio. Tan despacio que podrías convencerte de que está quieta. Mateo dice que quizás sea una nube. Nadie le responde. Jorge murmura: Eso no estaba ahí. La luz aumenta. El sol continúa elevándose. La multitud deja de aplaudir. Uno por uno, todos levantan la cabeza. Y entonces entendés. El sol nunca se apagó. Nunca dejó de brillar. Nunca hubo nada malo con él. Había algo entre ustedes y el sol. Algo tan grande que durante cinco días cubrió una estrella. Algo que ahora está pasando de largo. Sentís alivio. Un alivio absurdo. Animal. Hasta que te das cuenta de otra cosa. La parte negra no se mueve de izquierda a derecha. Está creciendo. Jorge te mira. Vos lo mirás a él. Después volvés a mirar el cielo. Y comprendés que no está pasando de largo. Se está acercando.
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